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Los campos de fútbol romanos donde Pasolini recuperaba la infancia

Julio Ocampo 27 de novembro de 2022

Todavía es posible escuchar por los barrios periféricos romanos las pisadas de Pasolini jugando al fútbol sin parar. En estos campos liberó a su yo adulto para reencontrarse con la infancia.

Pasolini
Foto: Antonello Nusca.

En el barrio romano de Monteverde (Via Ozanam) hay una foto enorme de Pier Paolo Pasolini jugando al fútbol. Dentro de ella hay un aforismo suyo propio: “Nada es más anárquico que el poder; el poder hace prácticamente lo que quiere”.

Es una de las muchas que decora la fachada del estudio artístico fundado por Silvio Parrello (Er Pecetto), uno de los protagonistas de esa novela inmortal llamada Ragazzi di vita’ (Chicos del arroyo). Pecetto, quien hoy tiene casi 80 años, era el hijo del zapatero del barrio. “No jugaba al fútbol, pero cuando el balón se estropeaba, se pinchaba, se lo llevábamos a su padre para que nos lo arreglara”, comenta Luciano Napolioni, alias Cippicchetto, descrito perfectamente por Pasolini en ‘Ali dagli occhi oscuri’, un libro preparatorio del tótem ‘Ragazzi di vita’

Pasolini
BOLONIA» Pasolini vistiéndose con los colores azulgranas de su equipo.

“Iba al colegio, luego comía y me iba a jugar al campo de fútbol que habíamos fabricado nosotros, donde hoy está la escuela Fabrizio De André. Jugábamos desde las tres hasta que anochecía. Yo era el único que tenía balón, y además era bueno. Pasolini siempre me quería en su equipo”, rememora sobre un pasado, un concepto que ya no existe: el de jugar a fútbol en la calle, en campos improvisados de tierra con porterías fabricadas con mochilas, aunque también más sofisticadas hechas con pedazos de hierro unidos perfectamente para que pudieran resistir décadas.

UN CONCEPTO QUE YA NO EXISTE: EL DE JUGAR A FÚTBOL EN LA CALLE, EN CAMPOS IMPROVISADOS DE TIERRA CON PORTERÍAS FABRICADAS CON MOCHILAS, AUNQUE TAMBIÉN MÁS SOFISTICADAS HECHAS CON PEDAZOS DE HIERRO UNIDOS PERFECTAMENTE PARA QUE PUDIERAN RESISTIR DÉCADAS.

Eran los años cincuenta y sesenta, y Roma -concretamente los suburbios y las zonas limítrofes- aún no habían perdido su candidez. Había picardía, pero era virgen. Había praderas infinitas y aún crecían las flores.

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SAN BASILIO» Uno de los campos en los que PPP jugaba al fútbol en Roma. Foto. Antonello Nusca

“El balón era de cuero. Me lo regaló mi hermano para Reyes. Teníamos una fuente cerca para beber que sí existe aún. El padre de Silvio nos lo cosía muy bien cada dos por tres. Jugábamos muchos chicos, y por ahí aparecía un señor que aún no era conocido. Nos miraba y tomaba notas. Llegaba con la famosa Lambretta y nos pedía si podía jugar”.

Lógicamente eran campos sin líneas pintadas ni nada. Sólo dos porterías, muchos chavales con ganas de jugar y un escritor que se remangaba los pantalones, la camisa y se ponía a jugar a fútbol para huir de un lacerante sufrimiento y dolor, en definitiva, para reencontrarse con su infancia perdida, pulcra e inocente. “En los cincuenta todavía no era muy conocido. Yo tenía 12 años aproximadamente. Había chavales más grandes. Pasolini se tomaba muy en serio los partidos. Normalmente había tres equipos, quien marcaba antes tres goles se quedaba y entraba la escuadra que descansaba. También nos quedábamos tirando a puerta. Yo jugaba siempre también en un patio que estaba dentro de la parroquia. Las paredes ahí delimitaban el espacio del campo”, rememora Luciano con algún que otro gesto de resignación al ver un presente tecnológico que indirectamente ha convertido su mundo de apología de vivir, sin moral ni ética, aunque genuino y auténtico, en espacio prehistórico.

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TOR TRE TRESTE» Campos abandonados donde antes Pasolini jugaba. Foto. Antonello Nusca

“Hoy para jugar hay que pagar; antes no. A mí Pasolini, por dejarle jugar, me daba de vez en cuando quinientas liras. Me las metía en el bolsillo. Había chicos mucho más grandes, pero el mejor era yo. Era una persona excepcional, muy dulce, educada y respetuosa”, concluye mientras de forma improvisada Silvio Parrello comienza a entonar espontáneamente y sin pedir la vez el inicio de ‘Ragazzi di vita’. Lo dicho, otro mundo. Más pasional y menos anquilosado a las etiquetas y los dogmas.

Son muchas las fotos de Pasolini jugando a fútbol en esos campos romanos fangosos de periferia que son, pero ya no están. Algunos incluso metidos con calzador entre cuatro bloques de edificios. Hoy suena anacrónico; otrora era mágico porque estaba lleno de sudor, rivalidad y vida. Por suerte, aún pervive el concepto, aunque vacío de gente y sobre todo de contenidos.  Una vez, según cuenta Dario Pontuale en el libro ‘La Roma de Pasolini’, jugó con la escuadra de chavales Monteverde contra los padres de familia que vivían en San Paolo. PPP y lo suyos se impusieron por 5-0.

Barrios como Monteverde (hoy con cierto aire burgués), Gordiani, Pietralata, Rebibbia, el Trullo, Quarticciolo, Centocelle, Ostia o el Mandrione… Jugando con chicos del arroyo, pero también con Franco Citti o Ninetto Davoli, dos de sus fetiches ya cuando dio el salto a la televisión. Jugaba, jugaba sin parar libre de pensamientos intrusivos. Con personajes de la compañía cinematográfica que trabajaban con él, contra el clan Bertolucci -en Parma- en el mítico partido Novecento vs. 120… Una vez, incluso, cogió un avión para venir desde Rusia a Roma a jugar un partido entre amigos. Luego tuvo que volverse.  Ese era el mundo circense de un Pier Paolo que corría y corría huyendo de sí mismo. Huía de su yo adulto para encontrarse con el yo infantil.

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OSTIA» El parque en recuerdo de Pasolini donde fue asesinado. Foto. Antonello Nusca.

“El fútbol es un rito, quizás la última representación sacra de nuestro tiempo. Mientras que otras representaciones sacras -como la misa- están en declino, el fútbol no. Ha sustituido al teatro”. Estas son las palabras de un artículo de Pasolini publicado en el ya extinto diario L’Europeo.

“EL FÚTBOL ES UN RITO, QUIZÁS LA ÚLTIMA REPRESENTACIÓN SACRA DE NUESTRO TIEMPO. MIENTRAS QUE OTRAS REPRESENTACIONES SACRAS -COMO LA MISA- ESTÁN EN DECLINO, EL FÚTBOL NO. HA SUSTITUIDO AL TEATRO”.

Hoy en Roma amanece, que no es poco. Hay pistas, pero no pisadas. Ni son lo que están ni están los que son. Hay campos abandonados en parques donde ha crecido algo de hierba, otros donde queda sólo una portería… Y otros más donde sólo permanece el concepto imaginario de lo que era un campo pasoliniano, hubiera o no jugado el propio escritor y cineasta. Ya lo predijo: “La evolución viene sin progreso”. Ver un chaval por allí, hoy, es ver un marciano. Además de color verde. ¿Y si su muerte habría sido una inconsciente liberación? 

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Como citar

OCAMPO, Julio. Los campos de fútbol romanos donde Pasolini recuperaba la infancia. Ludopédio, São Paulo, v. 161, n. 27, 2022.
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