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Las presas que juegan al fútbol

Federico Frau 29 de maio de 2022

El Progreso es el equipo femenino de una de las saturadas cárceles de Buenos Aires. Evelina Cabrera, su entrenadora, lidera el valiente proyecto.

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Foto: Federico Peretti.
 

La mañana del 10 de agosto de 2018, Evelina Cabrera, entrenadora y exfutbolista argentina, tomó un coche para hacer los 20 km que separan la cárcel de su casa en el barrio de Núñez, en Buenos Aires. La entrenadora quería enseñar fútbol en el Complejo Penitenciario San Martín, ubicado en José León Suárez, en el conurbano bonaerense. El complejo, inaugurado en 2008, aloja 2.591 internos entre las tres unidades penales que lo componen: 46, 47 y 48, todas de una planta. Está entre un vertedero de 500 hectáreas que recibe 17.000 toneladas diarias de residuos y una autopista que lleva el nombre de “Camino del Buen Ayre”. El primer día tuvo todos los ingredientes para ser también el último. Cuando se abrió el cerrojo del portón de ingreso del pabellón 3 de la Unidad Penal 47 de José León Suárez, 15 presas caminaron hacia un patio donde iban a tener su primer entrenamiento.

EL PRIMER DÍA TUVO TODOS LOS INGREDIENTES PARA SER TAMBIÉN EL ÚLTIMO. CUANDO SE ABRIÓ EL CERROJO DEL PORTÓN DE INGRESO DEL PABELLÓN 3 DE LA UNIDAD PENAL 47 DE JOSÉ LEÓN SUÁREZ, 15 PRESAS CAMINARON HACIA UN PATIO DONDE IBAN A TENER SU PRIMER ENTRENAMIENTO.

Al otro lado de una de las alambradas, en otro patio, estaban las reclusas que jugaban al rugby. Apenas las vieron empezó una lluvia de insultos por peleas y rencores pasados y el alambrado evitó lo que hubiera sido una batalla campal. Como agravante, el canal ESPN estaba presente para filmar al equipo de rugby. En una cárcel, donde las pocas libertades y permisos se manejan según niveles de conducta, este escándalo podría haber sido el final de la aventura. Cuando las presas salieron a conocerla y comenzar el entrenamiento, pasó lo que pasó. En ese momento, Evelina supo que no se podía quedar quieta. “O me cagaban a trompadas o me hacían caso”, pensó.

-La concha de la lora -gritó Evelina. Todas giraron sus cabezas y la miraron atónitas. El impacto de ese grito fue como el pitido seco del silbato de un árbitro. Así se ganó su atención y Pato, una de las mayores y que lleva la mitad de su vida en cautiverio, empezó a tomarlas de la mano para que se concentraran en el entrenamiento. Empezaron a pelotear y el alambre de púa a la altura del suelo que rodea el terreno pinchó las cuatro pelotas que tenían.

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RECLUSAS» Evelina Cabrera, a la derecha, junto a sus jugadoras. Foto. Fede Peretti.

-Después me enteré de que algunas no salían del pabellón hacía un año. Ahí las entendí. Algunas tenían los ojos chiquititos, casi cerrados. ¿Cómo no van a estar enojadas? ¿Querés reinsentarlas en la sociedad y las dejas encerradas un año? Obvio que van a salir furiosas. ¡Yo saldría furiosa!, recuerda Evelina.

Aquí no existe el famoso folclore del fútbol argentino, no hay banderas, no hay afición. Lo único que tiene en común este lugar con cualquiera de los casi 40 estadios de Buenos Aires son los alambrados. Pero detrás de las rejas, en lugar de hinchas, hay un paredón. Juegan por y para ellas mismas. Ni las guardias ni las otras presas ven los entrenamientos porque son en el mismo horario que los talleres de oficios que suman puntos de conducta. Estas mujeres entrenan de una manera cada vez más frecuente en Argentina: a puerta cerrada.

“Muchas de estas chicas no podían encontrar un espacio que las incluyera y de repente vieron que en este proyecto podían realizar una actividad física y grupal”, cuenta Andrea Barrientos, encargada de seguridad de la Unidad 47, que siguió el proceso desde el primer día.

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PENAL» Un pantalón del Barça entre la ropa de una presa. Foto. Fede Peretti.

Así nació el equipo Las Mala Fama, que después de que algunas de las jugadoras iniciales se fueran del penal, cambió su nombre a El Progreso por los resultados positivos experimentados por las jugadoras. Desde el pasado verano, todos los martes un grupo de presas entrena bajo la supervisión de Evelina. Todos los martes, siempre y cuando no llueva, porque cuando hay agua, los pozos sanitarios que están a un costado del campo rebosan y el pasto se cubre de mierda.

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Patricia Moreno Pacheco viste una camiseta pirata de River Plate, negra con detalles rojos y blancos, que lleva bien grande en el pecho el animal que representa a los hinchas millonarios: una gallina. Tiene 53 años, nació y se crió en el barrio de Villegas, al límite de Ciudad Evita en el partido de La Matanza, el partido más poblado de la Provincia de Buenos Aires con casi dos millones de personas. Pato, como la llaman dentro y fuera, es la guardameta del equipo y tal y como manda y da indicaciones en la cancha, también lo hace en el pabellón.

Antes de caer presa por primera vez, iba a ver a River todos los fines de semana. En 1985 fue al estadio de Vélez Sarsfield embarazada de nueve meses. “De tanto gritar en la tribuna, rompí la bolsa y me llevaron al hospital”. River ganó ese día 4 a 1 y Pato lo supo en el hospital tras el nacimiento de su hija. Unos meses después, fue detenida por tentativa de robo y recibió su primera condena. En esos primeros siete años presa aprendió a ser mamá. “En la cárcel dejé de drogarme. Yo no sabía lo que era ser madre antes, era una drogadicta. Ahora no me drogo más, pero vendo droga. ¿Para qué te voy a mentir? Eso me permitió darle todo a mis hijos. Yo no te voy a inventar que robaba como hacen muchas acá, yo vendo droga. Soy transa”, explica.

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EL PROGRESO» Empezaron llamándose Las Mala Fama y cambiaron su nombre. Foto. Fede Peretti.

Cuando habla del narcotráfico, por más que esté presa, lo sigue haciendo en presente. Y es gracias a eso que, además de haber podido “darle todo” a sus hijos, confía en conseguir la pierna ortopédica que necesita uno de sus siete hijos. Meses atrás, el muchacho fue a ver un partido de juveniles de Almirante Brown, el club de fútbol más importante de La Matanza, y en un forcejeo le quisieron robar la moto y le dispararon en la pierna. Recibió 18 transfusiones de sangre, cinco operaciones y en la última le tuvieron que amputar la pierna. “La pierna o la vida”, dice Pato que le preguntó el médico.

EN UN FORCEJEO LE QUISIERON ROBAR LA MOTO Y LE DISPARARON EN LA PIERNA. RECIBIÓ 18 TRANSFUSIONES DE SANGRE, CINCO OPERACIONES Y EN LA ÚLTIMA LE TUVIERON QUE AMPUTAR LA PIERNA. “LA PIERNA O LA VIDA”, DICE PATO QUE LE PREGUNTÓ EL MÉDICO.

Cuando se enteró del episodio, por primera vez Pato dejó de ir a los entrenamientos. La situación de su hijo la tenía nerviosa, pero finalmente, una vez que los médicos lograron estabilizarlo, volvió al equipo. “Solo salimos para el fútbol, no salimos para otra cosa del pabellón. Es lo mejor que tenemos acá. Ojalá nos dieran otro día”, añade. A lo largo de los 27 años que estuvo presa, Pato pasó por casi todas las cárceles de la provincia de Buenos Aires y jugó al fútbol en algunas de ellas, pero nunca había tenido a una entrenadora como Evelina a quién ya considera una amiga.

“Ahora sentimos que nos tratan bien. Y ahora que se fueron algunas presas malas, nos tratan mucho mejor todavía. Podemos llevar el mate y la bombilla al entrenamiento. Antes era distinto. El fútbol ayudó en esto. Antes no te daban ganas de nada. Ahora salir a jugar al fútbol es sentirse libre, es como si estuvieras un ratito en la calle”, reflexiona.

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Después de pasar por cinco psicólogas, Evelina Cabrera dice que dio con la indicada. En la primera sesión se soltó y disparó: “A veces siento que ya no soy yo”. Aquel “siento que no soy yo” tenía que ver con la obligación de comportarse de manera distinta a la suya en muchos ambientes de los que forma parte por su activa participación en el fútbol femenino, dejando de lado su espontaneidad, sus malas palabras y quizás hasta su alegría, que se ve en la sonrisa permanente que tiene cada vez que va a los entrenamientos en el penal.

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EVELINA CABRERA» La entrenador a la entrada del penal. Foto. Fede Peretti.

Y esos ambientes tienen que ver con su trabajo, Evelina trabaja junto con Naciones Unidas, la Fundación Avón, Boca Juniors donde va a dirigir la flamante área de género y preside la Asociación de Fútbol Femenino de Argentina (AFFAR). La lista sigue. Todos son ambientes muy distintos al de la cárcel y al de la calle, donde vivió cuatro años cuando se fue de su casa tras la separación de sus padres.

Evelina nació el 26 de septiembre de 1986 en un barrio de clase baja del norte del gran Buenos Aires, provincia que tiene más de 17 millones de personas, poco más de un tercio de la población de la Argentina. En esos cuatro años que vivió en la calle se ganó la vida de varias maneras: cuidó coches, repartió volantes y vigiló un local de prostitutas. Tuvo un novio que le pegaba, lo que la llevó a intentar suicidarse tomando todas las pastillas que tuvo a su alcance porque dice que sentía que la culpa de la violencia que sufría era suya. Hasta que un día vio en la televisión el caso de una niña en silla de ruedas que necesitaba un respirador para poder vivir. “Qué estoy haciendo. Quiero cambiar mi vida. Esa imagen fue un golpe más fuerte que los que me daba mi novio, porque fue de reflexión”, pensó.

“Qué estoy haciendo. Quiero cambiar mi vida. Esa imagen fue un golpe más fuerte que los que me daba mi novio, porque fue de reflexión”, pensó.

Terminó el colegio y estudió el profesorado de Eeducación Física. El fútbol apareció casi de casualidad. Había conseguido trabajo en un restaurante y hasta ese momento solo había practicado deportes individuales como el tenis. Un día una compañera de trabajo la invitó a jugar un partido. “Fui con ella y la primera vez que toqué la pelota trabé tan fuerte que volé y me hice mierda la rodilla. Me gustó. Al tiempo me fui a probar a Platense. Yo era horrible jugando, pero se ve que el club necesitaba jugadoras porque me quedé. Me anticipaba a las jugadas y pegaba mucho”, reconoce.

La vida de Evelina tuvo muchos golpes, dentro y fuera de la cancha. Un día se enteró de que, por hacer actividad física en demasía, tenía un tumor en la uretra que finalmente resultó benigno. Se le había producido por exceso de hormonas generadas en los entrenamientos. No tuvo otra opción que dejar de jugar al fútbol, lo que no significó dejar el fútbol. “En su momento fue algo triste. Siempre digo que cada acto tiene sus consecuencias, pero uno no decide sobre la salud. Pero ahora, mirando hacia atrás, lo veo como que fue un mal momento para después poder vivir un gran momento. A veces no entendemos el mensaje que nos deparan algunas situaciones, pero ahora veo que si no me hubiera pasado eso no hubiese hecho todo lo que hice después”, recuerda.

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ENTRENO» Las jugadoras en pleno potrero de cárcel. Foto. Fede Peretti.

Después llegó una carrera a pasos agigantados en el fútbol femenino, emprendiendo desafíos constantemente, que la llevó a ubicarse como una de las grandes referentesdel fútbol feminino argentino. Hizo el curso de director técnico en la Asociación de Técnicos del Fútbol Argentino, fundó una escuela de fútbol que lleva su nombre y como directora técnica pasó por los clubes Nueva Chicago, Platense, Atlas, Villa La Ñata, Defensores de Florida, Las Federales, el equipo de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales, el del Sindicato de Trabajadores de Obras Sanitarias, la selección argentina de fútbol callejero y actualmente es la entrenadora de futsal femenino del Club Atlético Atlas.

El fútbol también le dio a su pareja: hace ocho años que comparte su vida con Mariela Viola, quien fue su directora técnica en Platense, con quien más tarde formó dupla técnica en varios de esos equipos. Hoy viven junto a sus perros en una casa de Núñez. Allí se relaja y disfruta de tomarse una cerveza los días que no vuelve muy tarde de entrenar. Aunque por su ritmo, da la impresión de que Evelina no se relaja, ni tampoco descansa. Está siempre despierta, no para. Todo el tiempo da todo, no pospone, todo es inmediato. En su brazo tiene tatuado a San Expedito, el patrono de las causas urgentes.

El fútbol también le dio a su pareja: hace ocho años que comparte su vida con Mariela Viola, quien fue su directora técnica en Platense, con quien más tarde formó dupla técnica en varios de esos equipos.

Si hay algo que caracteriza a Evelina y que su trayectoria deja muy en claro es que ella actúa. Pero para hacer, antes escucha. Un día una jugadora la llamó porque su padre había fallecido y no tenía dinero para pagar el velatorio y ni el club ni ninguna asociación la iban a ayudar con eso. Inmediatamente, Evelina decidió hacer una colecta y pudieron pagarlo. Ese fue el punto inicial de la AFFAR, porque ahí se dio cuenta que las futbolistas necesitaban una asociación. Evelina recibió entonces otra llamada. Era una chica ciega que quería jugar al fútbol. Evelina no lo dudó, le dijo que juntara más chicas ciegas, averiguó cómo entrenar a invidentes, y así montó el primer equipo de fútbol de mujeres ciegas de la ciudad de Buenos Aires.

“De nada nos sirve armarnos un castillo si cuando abrimos la puerta hay alguien mendigando”, dijo en una charla TED, la primera conferencia que dio, y que tituló Creer es poder. Luego vendrían decenas de conferencias y exposiciones, y los títulos de coach ontológica y manager deportiva. En aquella primera conferencia en 2013 cerró diciendo: “Si cada uno de nosotros cree en personas, inclusive en las que ni creen en sí mismas, imaginen los cambios que podrían generar y el futuro que podrían originar”.

Y con esa idea se propuso la nueva aventura en la cárcel. No buscó el apoyo oficial. Cada martes lleva las pelotas y los conos. Hasta publicó en su Facebook una petición para conseguir lonas para cubrir los alambres que pinchaban las pelotas y dañaban las piernas de las jugadoras. “Yo podría ser una de ellas, pero el fútbol me salvó. Y este lugar me permite sentir que estoy haciendo un bien. Acá sí puedo ser yo”, sonríe Evelina.

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Tamara Vallejos tiene los ojos achinados, el cabello teñido de rubio, no llega al 1,60 metros de estatura y luce, por momentos, una sonrisa de niña pícara. Era una de las internas del pabellón 2 de la Unidad 47, pero un día las del 3 la llamaron para que se sumara al equipo. Aceptó sin dudarlo aunque no había jugado al fútbol en su vida. “Es una pasión, yo soy rehincha de River. No jugaba a nada, pero ahora sí. Va queriendo”, advierte.

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CONCERTINAS» Las vallas del campo de fútbol de la prisión. Foto. Fede Peretti.

A Tamara la apodan La Peque por su tamaño pero también podría ser por su edad. Tiene 20 años y hace dos que está presa. Todavía le quedan cuatro por delante. Tiene dos hijas, una de tres y otra de cinco. La mayor viene con su abuela a visitarla y la menor nunca la visitó porque vive con el padre. La Peque es la mayor de siete hermanos y se crió en el barrio Rafael Castillo de La Matanza con su madre y su padrastro, un hombre que se gana la vida haciendo chapuzas. Aprendió a jugar en la cárcel y es de las mejores del equipo. Fuera se ganaba la vida robando, se llevaban un coche y luego salían a robar un blanco. Dice que quiere cambiar. “Acá pensé muchas cosas que fuera se me pasaban por la cabeza. Ya está, no quiero más eso para mi vida. El fútbol también me hizo cambiar mi actitud acá adentro. Yo no salía a ningún lado porque era quilombera. No me dejaron ir a ningún lado por mala conducta. Pero ahora espero cada martes para salir a entrenar. Es el único momento en que salgo del pabellón en toda la semana”, cuenta. En el partido se siente libre. “Cuando jugamos al fútbol despejo mi cabeza, no pienso en las rejas. Ya después vuelvo dentro y es lo mismo de todos los días, porque es la misma rutina”.

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El pasado 19 de noviembre Evelina recibió un mensaje de una de las encargadas del servicio penitenciario avisando de que los entrenamientos se suspenderían hasta febrero. Así es todo aquí, sobre la marcha. Las internas esperan a Evelina para ese último entrenamiento con más ganas que nunca. El calor agobia, es un día cálido y soleado de otoño argentino. Aún falta un mes para que empiece el verano, pero ya se siente. Evelina propone algunos ejercicios precompetitivos y de transición con la pelota y luego cinco se ponen un peto azul y comienza el partido. Es el último del año y hay algunas nuevas. El juego tiene una matriz que se repite a lo largo del partido. Las jugadoras avanzan, solas, la pasan poco y van al choque. Siempre para adelante, no vuelven hacia atrás. Las guardametas no salen, esperan que la delantera se acerque y dispar. Las delanteras no tiran de lejos, esperan a estar a pasos de la portería. Si hay algo que aprenden las mujeres que están aquí dentro es justamente a saber esperar.

Las delanteras no tiran de lejos, esperan a estar a pasos de la portería. Si hay algo que aprenden las mujeres que están aquí dentro es justamente a saber esperar.

A ratos, el viento acerca los gritos de Los Espartanos, equipo de rugby de los presos de los internos de la unidad 48 de máxima seguridad y dueños de una cancha de césped sintético a la que ellas nunca pudieron ir. Ellas juegan en un pedazo de pasto en un rincón del penal. “Lo de la cancha es la demostración de que ellos pueden hacer algo recreativo y ellas no”, dice Evelina. “Pero nosotras vamos a seguir adelante. La idea es que el año que viene venga algún equipo de fuera a jugar y que ellas también puedan salir a competir”, añade.

Como todo el sistema judicial argentino, el servicio penitenciario de Buenos Aires es machista y está colapsado. Las cárceles bonaerenses tienen una sobrepoblación del 126%, más del doble que hace 10 años. El gobierno provincial dice que su sistema penitenciario tiene capacidad para albergar a 28.000 presos y presas y actualmente hay 41.252 personas detenidas en las cárceles de esta provincia. Es la cifra más alta de los últimos 20 años.

 

Del total, 1.503 son mujeres. Muchas de esas mujeres tienen historias de fútbol. Mariela, otra de las jugadoras del equipo, dice que jugar le hace recordar a su madre que era su entrenadora en el polideportivo de Moreno, un barrio al oeste del Gran Buenos Aires. “Jugué hasta los 16 años, pero después me hice señorita y como me lastimaba las piernas, de coqueta, dejé de jugar. Estuve 10 años sin jugar, volví a patear acá en la cárcel. Cuando llega el martes, desde temprano hoy le estoy diciendo a la encargada: fútbol, fútbol, fútbol. Antes de caer detenida, mi mamá me decía que volviera a jugar con ella”, narra.

Estefanía, una de las jugadoras con mejor técnica del penal, jugaba al fútbol en su barrio, Lomas de Zamora, y compartía equipo con Micaela Cabrera, una de las integrantes de la plantilla actual de la selección argentina. Hoy ella deposita sus esperanzas en su hijo. “Yo ya no voy a llegar, pero sueño con que mi hijo juegue en Primera. Él está haciendo inferiores en el club Los Andes”, describe.

“Yo ya no voy a llegar, pero sueño con que mi hijo juegue en Primera. Él está haciendo inferiores en el club Los Andes”, describe.

Tanto Mariela como Estefanía vienen de otros pabellones para jugar los martes. Como esta mañana las hicieron limpiar sus celdas, se perdieron la primera parte del entrenamiento. Se acercan las fiestas, a las presas les dan la posibilidad de una visita intercarcelaria para las que tengan familiares detenidos. Entonces, de a una, van saliendo del entrenamiento para ir a una entrevista para coordinar los detalles. Casi todas piden ver a sus maridos. Entre chistes y ansiedades, se va terminando el último entrenamiento del año y, a modo de cierre, Pato sugiere que es momento de cambiar el nombre del equipo: “El Progreso suena a eslogan de Cambiemos -dice, haciendo referencia al partido gobernante en la Argentina- Pongámosle ATR (una expresión que se popularizó este último año y son las siglas de “a todo ritmo”)”.

El sí es unánime. “Me encantó” dice Evelina. 

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Como citar

FRAU, Federico. Las presas que juegan al fútbol. Ludopédio, São Paulo, v. 155, n. 31, 2022.
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